1- El Islam, nunca ha sido una religión de crueldad ni invoca a la violencia, sino todo lo contrario, es una religión que llama a la misericordia, la compasión y la tolerancia. Pero, al mismo tiempo, insiste en afirmar la seguridad y establecer la paz en la sociedad, con el fin de garantizar la libertad de los individuos y proteger sus derechos, sus propias almas, sus creencias, sus mentes, sus bienes y sus familias. Por eso, cuando determina una pena para un pecado cualquiera, toma en consideración dos principios básicos:

a) Que el hombre no es infalible, sino puede incurrir en el pecado en cualquier tiempo. Por ello, el Islam deja las puertas abiertas ante los pecadores para que se arrepientan y purifiquen sus almas. 
b) A cada persona, en la sociedad, le interesa que se garantice la seguridad de su vida, de su familia y de sus bienes. Debido a ello, no se puede permitir que las malas conductas de algunos individuos se conviertan en un fenómeno destructor, que acabe con la seguridad de la sociedad y amenace a los inocentes.

2- Si el Islam impone penas para castigar a los criminales, llama, al mismo tiempo, a soslayar su aplicación si existieran dudas. Asimismo, la pena no se aplica en el caso de que el juez se asegure de que quien cometió el pecado es sincero en su arrepentimiento. En este sentido dice el Profeta: "Evitad aplicar las penas a los musulmanes cuánto podáis; dejad al musulmán en libertad si le encontráis alguna salida, ya que sería mejor para el juez equivocarse en aplicar el perdón que en aplicar el castigo" (*). Este hadiz indica, como se observa, la máxima tolerancia.

3- La pena del adulterio es muy difícil de aplicarse, debido a que el Islam puso como condición para ello la presencia de cuatro testigos. Éstos tienen que afirmar haber visto, claramente y sin ninguna duda, al pecador en el momento de cometer el pecado. Naturalmente, esto es imposible de realizarse. Por ello, los dos casos de lapidación que tuvieron lugar en la historia del Islam, se basaron en la confesión y no en testimonios. A pesar de dicha confesión, el Profeta intentaba reiteradamente, en distintos tiempos, que los dos adúlteros negasen su confesión, pero éstos insistieron fuertemente en su confesión hasta que el Profeta no tuvo otra alternativa más que aplicar el castigo, algo que no volvió a repetirse en toda la historia del Islam por la dificultad de confirmarlo.

4- El Islam no corta la mano de un ladrón hambriento que roba para alimentarse o para mantener a sus hijos, pero castiga a aquel reo que no lo hace debido a una necesidad, sino para apoderarse injustamente de los bienes y las ganancias de los demás y extender la corrupción en la sociedad. Un criminal como éste no merece la compasión de nadie, porque él no se ha compadecido de quienes robaba. En muchas ocasiones, la víctima del robo se encuentra en extrema necesidad del dinero que se le hurtó. La comunidad tiene derecho a defenderse y proteger las propiedades de sus individuos. Además, cuando esta pena estaba¬ aplicada, en la sociedad musulmana, los accidentes de robo eran casi inexistentes. A pesar de que el comerciante dejaba su mercancía sin protección y las puertas de las casas no se dejaban bien cerradas, no se cometían robos, al contrario de lo que pasa en muchas sociedades donde el castigo del ladrón se limita a una pena leve. Esto ayudaría al desenvolvimiento de los robos y a que tal crimen se repita de una manera grave en algunas comunidades.

5- Garantizar la justicia y acabar con la pobreza en las sociedades requieren la aplicación de la pena del robo, es decir, el ciudadano no debe sufrir una necesidad que le hace cometer tal crimen. Por ello, el califa "Umar lbn al-Jattáb no aplicó esta pena durante el año de la hambruna que aconteció en los países islámicos en aquel entonces. Cuando las leyes divinas estaban aplicadas de una manera justa en la primera era del Islam, los viajeros no sentían en el camino, por largo que sea, ninguna amenaza, salvo la de las fieras que pudieran atacar a sus ganados. El ladrón sabía de antemano el castigo que le esperaba, por lo que, pensaba mil veces antes de cometer este crimen o cualquier otro. Tal vez sea esto el motivo principal de que eran escasísimos los casos de aplicación de las penas. ¿Cuál sería mejor: establecer y garantizar la seguridad en la sociedad y castigar, para lograrlo, a unos pocos individuos o llenar las cárceles de criminales, enturbiando así la tranquilidad de la sociedad?

¿Quién merece más compasión: el criminal o la sociedad que podría sentirse falta de seguridad?


"Las penas": aquí se refiere a los castigos legales impuestos por Dios que se aplican a quien cometa un delito determinado. 
(*) Transmitido por al-Tirmidí y al-HAkim en Al-mustadrak; entre otros.( Véase Fayd al-QadFr, de al-Manáwi, tomo I, Beirut, 1972, p. 226 y s.s.)

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